No es una casualidad que muchos gobernantes, cuando están en medio de la vorágine local, decidan desviar la opinión pública, como forma de ganar tiempo o evitar lo que políticamente pueda hacerles daño.

El presidente estadounidense, Donald Trump, no podía ser la excepción. Con el asesinato del general Qasem Soleimani, se ha abierto una caja de Pandora y se desconoce cuáles acciones tomará el país oriental contra sus enemigos eternos. Tiempo siempre sobra.

La vida de todo aquel de aspecto occidental, ya sea norteamericano o israelí, correrá peligro.

Las relaciones con Teherán no pueden estar en uno de los peores momentos, luego del aumento de las sanciones contra Irán, los ataques a navíos de los aliados en la región, el último y reciente ataque contra la sede de la embajada estadounidense en Teherán y los daños a los pozos petroleros en Arabia Saudí, justifican lo que Washington considera “un ataque disuasivo” y que Trump estima que la meta fue “evitar una guerra, no provocarla”.

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